No la persigas
Justo antes de entrar al hermoso mariposario del zoológico de Cali, se lee esta frase de profunda sabiduría. No sólo te permite apreciar mejor a las mariposas; te permite contemplar con gozo la vida.
Justo antes de entrar al hermoso mariposario del zoológico de Cali, se lee esta frase de profunda sabiduría. No sólo te permite apreciar mejor a las mariposas; te permite contemplar con gozo la vida.
Me he quedado orbitando alrededor del tema de la relatividad y la perspectiva. Y como esto de los puntos de vista lo afecta todo, y en especial a la creatividad, nada mejor que ofrecerte brevemente una perspectiva poco común de los grandes temas de la música clásica.
Por si no lo sabías, soy un apasionado del jazz y ejerce en mí especial fascinación el swing, iluminado por el brillo de saxos y trompetas de las “big bands”. ¿Y qué tiene que ver esto con los clásicos? Ahí radica mi emoción, porque Brian Setzer y su orquesta han invocado el espíritu festivo del swing para reinventarse clásicos como la Quinta Sinfonía de Beethoven o la Obertura de Guillermo Tell. Créeme. El resultado es notable, simplemente eufórico; nada que ver con los refritos de baladas con los que empezó una era trágica para la salsa (hay comparaciones odiosas que a veces hay que hacer).
Con mucho gusto y cumpliendo mi promesa de no hacer remojos en este espacio (alguien sabe lo que esto significa, luego explicaré) te invito a escuchar Wolfgang’s Big Night Out. En la columna de la derecha, bajo la etiqueta “Música bien pensada” está el reproductor para que te maravilles con este sensacional trabajo del año 2007.
Mientras lees este texto y crees que estás “quieto” frente a tu monitor, tú estás montando en un carrusel vertiginoso al que llaman Tierra que está girando a una velocidad de 1700 kilómetros por hora.
Si el carrusel frenara en seco ¿te imaginas el porrazo global? Para lesionarse seriamente en un choque de autos basta con ir a modestos 50 kms/hora.
El carrusel también se mueve, en su recorrido interminable alrededor del sol, a 106.000 kilómetros por hora, algo así como 50 veces más rápido que el veloz campeón de los aviones comerciales: el Concorde. Pero ahí no para la cosa. Nuestro mundo azul, el sol y todos los demás vecinos del barrio planetario giran en torno al centro de nuestra galaxia a más de 780.000 kilómetros por hora. La vía láctea, por su parte tiene mucho más afán. En su carrera para embestir algún día a Andrómeda, nos lleva a un trote de un millón de kilómetros por hora. ¡Un millón! A estas alturas, el Concorde y cualquier nave humana luce tan lenta como un caracol.
(más…)
Hace rato no pensaba en eso. Quien me recomendó ver Iris (film de Richard Eyre, 2001) me advirtió que esta película iba a confrontarme con uno de mis peores miedos. No sé en que momento le conté sobre eso. De hecho, no recuerdo haberlo manifestado como uno de mis temores. Me da la impresión de haberme referido a ello como una de esas situaciones desagradables de la vida con las que no quisiera toparme.
Sin embargo, no mucho después de haber comenzado la película, presentí de qué se trataba. Se abrió la tapa de un a baúl vetusto que acumulaba polvo en mi inconsciente y empezó a levantarse (como si se tratara de mi ánfora de Pandora personal) el espectro del que, debo admitir, no es sólo uno de mis peores miedos. Es realmente el más visceral de todos. (más…)
No salgo de mi asombro. Ayer publiqué una nota en la que el heroísmo de los socorristas me hizo reflexionar sobre la naturaleza del servicio público que deberían aprender los políticos. Hoy un lector de esa nota me hizo llegar un link con relevante relación. Se trata de una noticia que denuncia la forma arbitraria como bomberos voluntarios del Perú fueron bajados de un avión para darle campo a políticos y periodistas. Qué bárbaros. En momentos en que ningún cuerpo de socorro está de más en Haití y a punto de expirar el tiempo para el rescate de sobrevivientes, la politiquería hace de las suyas.
La nota completa, haciendo clic en este enlace
Mientras la televisión dejaba salir borbotones de imágenes cargadas de dolor y angustia, en sus alarmantes informes sobre el terremoto de Haití, pude aislar por algunos instantes un hecho considerado normal en estas tragedias pero siempre extraordinario por sus implicaciones humanas: la participación comprometida y valiente de los cuerpos de rescate, procedentes de muchos países del mundo.
Si bien las imágenes seguían siendo dolorosas, poco a poco en ellas fue más común ver a los socorristas hurgando entre los escombros pese al peligro; salvando vidas casi expiradas muy a riesgo de la suya. Sin pretender ningún protagonismo, se echan al hombro responsabilidades a la que la mayoría tememos. El compromiso emocional de estos hombres y mujeres es también muy grande porque además de ser fuertes por fuera para mover descomunales escombros tienen que ser también muy guapos por dentro para no quebrarse anímicamente ante tan desoladora miseria. ¿Por qué van a estos lugares? ¿Qué los mueve a su decisión de voluntariado?
Hice el retorcido (e ingrato para algunos) ejercicio de tratar de encontrarle motivaciones colaterales a quienes hacen parte de los cuerpos de socorro. ¿Turismo de aventura? Difícilmente les queda tiempo para una foto, que si es tomada, de seguro no registrará una sonrisa turística. Esto no es como un congreso de médicos o una convención de gerentes de ventas donde luego de terminado el largo día de conferencias somníferas se pueden dedicar a visitar las playas o a comprar cachivaches para llevar a la casa. Los socorristas conocen los países en su peor momento, cuando hay poco qué verles y sí mucho por hacer. No hay al lado de la piscina ni recesos programados para el almuerzo. Hay trabajo intenso día y noche, alimentación precaria y muchas lágrimas contenidas.
¿Prestigio personal? No van por ningún premio, por ninguna medalla. Las entrevistas son para los rescatados y las tomas de las labores de búsqueda generalmente enfocan mejor al perro que olfatea sobrevivientes. No, aquí no hay beneficios colaterales. Por el contrario, arriesgan mucho. Están expuestos a enfermarse de males extranjeros y letales; su seguridad e integridad personal no están aseguradas y fuera de eso, como sucede con los terremotos, los coletazos del desastre pueden abonarlos a ellos mismos como víctimas. ¿Y entonces por qué lo hacen? No queda más que admitir el genuino espíritu humanitario y de amor por el prójimo que mueve a estas personas. Van a rescatar extraños a países ajenos sabiendo que más allá de su paga normal, no los espera la gloria de un monumento o la alfombra roja de algún pomposo homenaje. A la vista de este cuadro, me llegó como una revelación una certeza que me motivó a escribir esta entrada: entre personas así deberíamos buscar a los servidores públicos; a los alcaldes, a los legisladores, a los presidentes…
Dele chance al planteamiento. Póngase a pensar que quizás por mucho tiempo nos equivocamos al buscar al genuino servidor público entre las parafernalias de los campañas con sancocho o las promesas baratas de la publicidad política pagada. Nos dejamos conmover por los hipócritas apretones de manos de los candidatos que “se untan de pueblo” y se bajan de los carros blindados en las barriadas (que no volverán a visitar jamás, a menos que se lancen en las siguientes elecciones) con la intención de capitalizar sus besos para los bebés y sus abrazos para las ancianitas muecas.
Entre tanto, gente sin afanes de gloria ni ambiciones desmedidas, pone literalmente su vida al servicio de personas que jamás les darán un voto para el senado o una embajada en Europa.
Entre ellos deberíamos buscar a quién darle con confianza los presupuestos de los municipios para que no se pierdan en contratos escandalosos ni en maniobras clientelistas. Ellos sí saben qué es el bien común. Ellos aprecian la vida por encima de sí mismos, al punto que van a buscarla donde parece que ya se ha perdido.
Quizás, para las elecciones que vienen, deberíamos mirar en la hoja de vida de los aspirantes a representarnos y, supuestamente servirnos, qué tanto en realidad se han dado por el prójimo y hasta donde están dispuestos a invertir su vida en obrar correctamente con los extraños que lo favorecieron o no con su voto.
Más gente como los socorristas deberían lanzarse, no a la política, sino al verdadero servicio público; los políticos deberían aceptar de buen agrado una pasantía por la defensa civil, los hospitales de caridad o las escuelas que educan a los más pobres del país a ver si finalmente aprenden las lecciones de vida que los hagan también dignos de confianza.

Cancelado... demorado... ¿y quién compensa?
Definitivamente hay quienes juegan a su antojo con la necesidad ajena sin que sea fácil ponerles el “tatequieto”. Entre los tales están muchas aerolíneas que son implacables a la hora de poner sus penalidades económicas si uno es tan de malas como para verse obligado a modificar un itinerario (y es que además de la multa muchas veces la osadía se paga con la humillación de tener que rogarles para conseguir un cupo). Sin embargo, cuando es al contrario, cuando el pasajero es el que reclama por el incumplimiento, el retraso, las cancelaciones o los cambios imprevistos, que nada tienen que ver con la meteorología, algunas aerolíneas son especialistas en usar la ley del embudo: lo ancho para ellos y lo estrecho para el cliente.
Me sucedió hoy que, por pura casualidad, he llamado para averiguar sobre el operador de un trayecto nacional, que hace parte de un tiquete internacional que adquirí. Mi sorpresa fue mayúscula cuando en la agencia que manejó mi transacción me salieron con el cuento de que había un “cambio operacional” que descuadernaba por completo mis planes por la pérdida de un día. De nada valió ser precavido; ni si quiera habiendo comprado el tiquete más de dos meses antes.

Ojalá que, encima de todo, no tenga que acampar en el aeropuerto
La agencia se lavó las manos del asunto y me puso a lidiar con la aerolínea. Que sí, que qué pena, que lo entendemos, señor. Pero a la hora del té, simplemente la solución fue enviarme un día antes sin resolverme nada respecto al día extra que tendré que pagar de hotel y demás gastos por culpa de las acciones solapadas de una compañía que se escuda en una supuesta falta de información en los datos que la agencia suministró sobre mi reserva. Así la aerolínea le tira la pelota a la agencia y la agencia nuevamente se la pasa a la aerolínea. Debería existir un sistema de penalidades económicas muy eficaz que le permita a los clientes ser compensados económicamente por los implicados cuando se hagan cosas arbitrarias como éstas, en nada emparentadas con la fuerza mayor.
Estoy pendiente de una respuesta a la queja que envié al departamento de servicio al cliente de la aerolínea (me dejaron muy claro que este tipo de cosas no se atienden por teléfono, sólo por correo… qué conveniente). Espero una respuesta satisfactoria y una cama decente dónde pasar una noche que no tenía planeada, porque no “contaba con la astucia” de unos expertos en manejar la ley del embudo a su favor.
Mi cuñado tiene alborotado lo chistoso hoy. Por eso posteo otro.
Juanito le comenta a Luisito lo siguiente:
- Mi abuelita ayer se cayó del balcón y hoy está con Diosito.
- ¡Uy, rebota bastante la viejita!
Del repertorio de mi cuñado:
- Papá, ¿ayer se escribe con h o sin h?
- Sin h, mijo.
- ¿Y hoy?
- Hoy se escribe con h.
- ¡Caray papá! Cómo cambian las palabras de un día para otro
No digo que todas lo sean pero algunas terapias alternativas son de chiste. También debo admitir que si bien soy escéptico, estoy abierto a nuevas formas de hacer las cosas. Siento que a veces la medicina convencional me envenena (es sólo una sensación mas no una afirmación, ¿de acuerdo?). En vía de discusión sobre su validez o si realmente tienen cómo probar científicamente lo que proclaman, las terapias alternativas son el tema de esta simpática parodia en el video de Youtube que les dejo con la esperanza de que disfruten y se beneficien de la mejor terapia alternativa de todas: la risa
¿Y qué han pensado?